martes, noviembre 14, 2023

14 de noviembre, día mundial de la diabetes .


Cuando era niña no sabía que existía la diabetes, y cuando lo supe, creía que era una enfermedad que le daba a los abuelitos y que sólo les limitaba en el consumo de dulces y azúcar. Qué triste.
Más adelante, siendo yo adolescente, mi mamá se embarazó, a sus cuarenta y tantos tuvo un bebé y, al mismo tiempo, diabetes gestacional que ya no se iría jamás.
En ese tiempo yo empecé a tener consciencia de mi peso y mi apariencia, así que hice muchas cosas estúpidas para intentar verme y sentirme diferente. No sabía el daño que le estaba haciendo a mi cuerpo y el precio que pagaría años más adelante. Spoiler alert: nunca adelgacé.

A los 25 me diagnosticaron diabetes tipo 2, todo durante una crisis derivada de mi obsesión, casi adicción, por el trabajo. Podía pasar hasta 20 horas continuas sentada frente a la computadora comiendo cualquier cosa y fumando 2 cajetillas de cigarros. Qué asco de olor tenía mi oficina en ese tiempo, seguramente, pero yo no lo percibía, además de que convivía con otros tantos igualitos a mí... Sin querer, era un círculo vicioso que me estaba matando lentamente, hasta que mi cuerpo dijo ¡basta! Pero no aprendí la lección.
Cuando me recuperé volví a la oficina, al mismo ambiente dinámico entre colores, proyectos, clientes, viajes, alcohol y terribles hábitos de alimentación y descanso. 
Así pasó el tiempo, mi cuerpo resistió varios años más y yo no vi las señales, o quizá no quise hacerlo, ya no sé. 
Entonces, el caos comenzó. Cabe mencionar que durante todo ese tiempo evitaba el azúcar lo más que podía, pero eso era solo para engañarme y creer que estaba haciendo las cosas bien. Durante ese lapso también enfrenté varias crisis laborales, económicas, de salud, me mudé varias veces y hasta me atreví a salir de mi terruño para luego volver cargando el inmenso peso del fracaso... Pero la vida fue buena conmigo y me permitió resurgir, así que volví a mi ranchito querido y pude volver a trabajar, de nuevo, arduamente pero tratando de limitar las horas y la entrega... Aún así, llegó lo que cambiaría mi vida por completo.
La diabetes y los pésimos cuidados que tuve me quitaron una de las cosas que más amaba y que no era consciente de su valor porque no sabía que podía perderla. 
Mis ojitos pispiretos han pasado por un montón de tratamientos, cirugías y demás pero, afortunadamente, aún conservo un poquito y estoy dispuesta a cuidar ese poquito con uñas y dientes. 

La carga moral era muy grande y entonces me dijeron algo que me ayudó a respirar con tranquilidad: la diabetes se desarrolló, quizás durante mi adolescencia, no era mi culpa, simplemente se trataba de una situación mezcla de genética y mala suerte. Sin embargo, ahí estaba, haciendo daño a diestra y siniestra.

Después de haber enfrentado la primera fase del asunto con mis ojos, mi cuerpo comenzó a hincharse, la piel se sentía tensa y dolía como si en cualquier momento se fuera a desgarrar. Moverme era un reto, era incapaz de ponerme los calcetines o amarrar mis agujetas. Cada paso dolía horrible y vino el otro diagnóstico: insuficiencia renal.
Yo me enteré hasta varios años después que a mi familia le habían dicho que se prepararan para lo peor, pero no, la Chida no estaba lista todavía para saludar a San Pedro.
Comencé con los tratamientos (de manera paralela con todo lo demás), conocí al que hasta ahora sigue siendo mi nefrólogo de cabecera (al que amo y admiro muy cabrón porque salvó mi vida), inicié con asesoría nutricional (la primera semana bajé 8 kilos de pura agua), comencé con terapia física en gimnasio, alberca y masajes; hasta que empecé a sentirme fuerte y sana, dentro de lo que cabe con todas las afectaciones que enfrento día a día. 
Han pasado seis años más, a mis 41 recién cumplidos puedo palpar un poquito de plenitud y satisfacción porque, a pesar de la diabetes, me siento feliz. 

Hoy es el día mundial de la diabetes, hoy es día de tomar consciencia acerca de esta horrible enfermedad que, sin un control adecuado, puede causar estragos irreversibles e incluso la muerte pero, ojo, también hay posibilidad de vivir bien y romper el estigma del diabético famélico al borde de la tumba. 

Quisiera que la gente fuera más empática con los enfermos en general, que no los culpen, los señalen o los presionen por no tener energía o ánimo para salir de la cama, que sepan que una enfermedad crónica no es fácil de sobrellevar... Y a ellos, a los que están enfermos, quiero decirles que se puede, que somos igual o más fuertes que los que gozan de plena salud física y, que gran parte de nuestro proceso es responsabilidad nuestra y no de los médicos o nuestros familiares y, lo más importante, que no sientan culpa por estar enfermos, es sólo una condición y aún con ella podemos ser tan chidos como lo deseemos. 

Soy la Chida de la historia. 

Sé chingona. (borrador del año pasado)

Durante toda mi vida tuve la obligación auto impuesta de ser fuerte, de no mostrar mis verdaderos sentimientos y, a pesar de los reveses de la vida, jamás permitir que el miedo se apoderara de mí porque, de lo contrario, el riesgo era perder y, por supuesto, hay lujos que la chida de la historia no se puede dar. Siempre funcionó portar la armadura por pesada que fuera y hoy, sin temor a equivocarme, creo que el entrenamiento funcionó.

A lo largo de los últimos 6 años, mucho más que antes, tanto familiares como amigos cercanos me han expresado lo fuerte que consideran que soy, lo guerrera que les parezco y la admiración que les produce mi actitud ante los asuntos respecto a mi fallida salud... Y yo, queridos 2 que 3 lectores, me niego rotindamente a colgarme medallas que no me corresponden, es decir, he sido lo más fuerte que mi cuerpo, mente y corazón me lo han permitido hasta el momento, pero no niego que ha habido infinidad de ocasiones en las que he deseado tirar la toalla... Pero no, la chida no puede dejar de ser chida hasta que papá Dios así se lo exija, y eso solo va a suceder el día en que Él decida llevarme a su lado.

 Es difícil tratar de hacer un recuento de 6 años y el coyote calamidad en el que me he convertido: 

  • Hipertensión que costó muchísimo trabajo regular porque varios medicamentos no funcionaron para mí, la búsqueda fue exhaustiva pero, afortunadamente dimos con la nomenclatura adecuada para mí.
  • Retinopatía diabética proliferativa avanzada, desprendimiento de retina, varias cirugías oculares y, como resultado, 20% de visión en el ojo izquierdo y 70% en el derecho. Tras las cirugías tuvieron que pasar meses y meses de recuperación casi sin moverme pero, al final agradezco tanto no haber llegado a la ceguera total.
  •  Insuficiencia renal. Ese ha sido uno de los procesos más difíciles que tuve que pasar, muchísimo dolor acompañado de gritos, muchísimas lágrimas, mil horas de convalecencia y, en el ínter, el sufrimiento paralelo de mi familia por el riesgo tan grande que había (y que incluso se los dijo la doctora que me atendía entonces) para esperar el peor de los escenarios. Buscar al especialista adecuado para mis necesidades, no solo físicas, sino emocionales y humanas... Encontré al mejor nefróogo que podría haber soñado jamás. Trabajo físico para recuperar la movilidad de mis piernas que se vieron afectadas por la retención de líquidos, el uso constante y dolorosísimo de medias de compresión y la inactividad... Dietas rigurosas y ejercicio que me costaba 4 veces más de lo normal. Los medicamentos caros, dolorosos, con efectos secundarios fuertes y el constante aprendizaje acerca de mis nuevo (obligado)estilo de vida.
  • El duelo. Perdí gran parte de la vista, así que perdí también mi pasión y mi trabajo, además de mi autosuficiencia... Ha sido muy difícil entenderlo, aceptarlo y aprender a (sobre)vivir con ello, quizá ha sido la parte más dolorosa de todo esto.

Y no, no soy una guerrera, tampoco tengo mérito alguno más allá de mi amor por la vida, mi familia y lo que, a pesar de todo, sigo amando con todo mi ser y me niego a abandonar. Nadie me preguntó si quería esto, por supuesto que se trata de una cuestión circunstancial que viene de asuntos que no estuvo en mis manos (ni en las de nadie) prevenir, así que solo puedo seguir adelante porque esa es la única opción que me parece viable.

Y agradezco, de verdad lo hago, a todos aquellos que han estado a mi lado en todo este tiempo porque, sin temor a equivocarme diré, sin ustedes yo no seguiría aquí. Acaso esa fuerza viene de Dios y de ustedes porque yo, se los digo desde el corazón, yo sola no podría.

Cada mañana agradezco a Dios que me regale la oportunidad de abrir los ojos, de respirar, de sentir aunque sea dolor, agotamiento y náuseas... pero seguir sintiendo que estoy viva y que puedo dar muchísimo más aún. Cada tratamiento, por doloroso o incómodo que parezca, representa una oportunidad para seguir latiendo, para seguir creciendo y aprendiendo, para seguir siendo la Chida de la historia.

miércoles, noviembre 08, 2023

Uno, dos, tres por la Chida...

Perdón, amigos, queridos dos que tres lectores, la Chida de la historia nomás andaba desaparecida pero no de parranda... Han pasado un par de semanas desde aquel dramón telenovelero, digno de la rosa de Guadalupe o hasta de las historias turcas que tanto embelesan a nuestras mamáseses; y aquí sigo, confundida y arrastrando el apellido.
No me malentiendan, estoy segura de la decisión que tomé y estoy esforzándome mucho porque sé que las nubes rosas se agotaron hace mucho, sin embargo, sé también que el amor va mucho más allá de corazoncitos flotantes y lunas de miel... Es solo que no es fácil, pasan los días y sigo sin sanar la rotura de mi corazón y, carajo, no soy tan buena como quisiera y como ustedes han de imaginar a veces. 

Ayer hablé con uno de mis amigos (gracias a todos por seguir ahí) y no sé si es que no estoy acostumbrada a hablar de mí, de lo que siento, de lo que ocultamente deseo; y descubrí cosas y sentimientos que no sabía que tenía, frustraciones contenidas y silencios que siguen haciendo daño.
El prototipo de (mi) hombre perfecto está perdido y ahora mismo soy un bulto andante que busca estabilidad y paz, a pesar de los pesares. 

Y sí, queridos míos, la Chida es esa chillona que se inspira en su propio dolor para venir a escupir letras aquí, donde sólo somos ustedes y yo, y yo abuso de su bondad (suya de ustedes) para que me sequen las lagrimitas de aserrín y me pasen un kleenex para sonarme los mocos. Gracias infinitas por eso. 

Soy la Chida de la historia.